Declaración Constituyentes del 91

julio 9, 2009 en Blog

Con ocasión del XVIII aniversario de la Constitución, quienes suscribimos este documento, constituyentes e integrantes de la Comisión Especial Legislativa, nos hemos reunido para evaluar sus desarrollos, las reformas efectuadas y algunas iniciativas de modificación como la convocatoria a un referendo para la segunda reelección del actual primer mandatario, y Declaramos

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Debate general de la asamblea – Febrero 21 de 1991

febrero 21, 1991 en Constituyente

INTERVENCIÓN DEL CONSTITUYENTE IVÁN MARULANDA.
DEBATE GENERAL DE LA ASAMBLEA

Bogotá, Febrero 21 de 1991

Por siete generaciones, desde el comienzo de la República, Colombia se la ha pasado montando y desmontando campos de batalla y haciendo experimentos políticos para darse un sistema de gobierno y de vida tolerables y que le permitan a cada cual la paz interior de sentirse en su propio país, en su propia ley y organizado en un sistema de vida íntima y social que no le de rabia, ni envidia, ni celos.

Ha sido un ajetreo formidable de casi dos siglos en los que nuestro pueblo ha gastado sus energías haciendo maromas para instalarse, para rebuscarse la prosperidad, para ver la manera de aguantarse unos a otros en la variada diversidad de situaciones y de realidades que nos enriquecen, y nos complican a la vez.

Digamos que nos la hemos pasado bajándonos los humos, quitando a la brava al que se atraviesa por el camino, haciendo revoluciones, armando y desarmando un vividero, un vecindario, un trabajadero; montando y desmontando gobiernos; y hasta en lo más intimo de la vida, bregando a hacer una pareja y un hogar. Para todo eso no hemos encontrado mejor procedimiento que estrujarnos y matarnos de la manera más atroz. Millones de cabezas, de brazos, de fuerzas físicas y espirituales, de vidas frescas y de bienes materiales hemos enterrado, en medio de una degollina cruel y un monumental desperdicio.

Esta Asamblea tiene, entonces, un mandato de la historia. Ahora, por primera vez, nos reunimos todo tipo de colombianos en un plano de igualdad, para buscar por las buenas una forma de convivencia pacífica. Una organización social y política que nos sirva para levantar sobre este suelo, y para siempre, una civilización.

Nosotros, señores constituyentes, somos ni más ni menos, el parto de los montes de dos siglos de vida y de muerte de este país bullicioso y envalentonado, que de lo puro inteligente y rico y alebrestado y joven y bello, no ha sido capaz de sosegarse y de asentarse. De hallarse a sí mismo y de ponerse en compostura para disfrutar de lo que es y de lo que tiene, sin la tragedia de la barbarie.

Falta alguna gente aquí. Es cierto. Poca, pero falta. Sigamos trabajando y esperemos con fe íntima que arrimen. Que llenen el vacío que aún queda. Ellos saben, por ariscos que sean, que aquí los estamos esperando. Que aquí está el sitio de la patria que se han ganado con su lucha. Todos los que estamos aquí nos sentamos en un sillón conquistado a sangre y fuego. Que huele a pólvora. Ha habido discursos y dialéctica, sí. Pero mucho muerto y mucha barbarie también. Liberal, conservadora, comunista, de las guerrillas más recientes – el M19, el EPL, el PRT -; también blanca, indígena, negra, mulata, mestiza, religiosa. Mejor dicho, aquí estamos los representantes de casi todos los muertos que dieron su vida por una patria y una sociedad en la que soñaron. Por eso digo que somos el fruto de la historia. Un fruto fresco que surge de la hecatombe.

Y no digo que somos historia y esperanza como una fantochada para que nos engolemos aquí y empecemos a mirar a todo el mundo por encima del hombro. No. Por ningún motivo. Que a nadie se le vaya a ocurrir semejante error. Todo lo contrario.  Lo digo para que no nos vayamos a mover un solo milímetro ni un solo instante de la postura discreta y humilde que hasta ahora hemos tenido. Y laboriosa. En nuestras manos está un paciente delicado. Muy delicado. Es la oportunidad de salvarle la vida. Y es la vida de mucha gente. Por muchos años.

Señores periodistas: ustedes, que son la comunicación que tenemos en esta sala con el mundo exterior, díganle a los conciudadanos que las facciones de colombianos que por siglos nos echamos plomo, estamos reunidas aquí por mandato y por voluntad del pueblo, echándonos discursos, bregando a entendernos y a ponernos de acuerdo sobre las cosas que siempre nos distanciaron y nos hicieron pelear de manera feroz.

La carnicería siempre fue por las mismas causas. La arrogancia, la petulancia; la intención de explotarnos los unos a los otros; el ímpetu de montarnos sobre los demás, de imponernos sin aceptarles competencia, sin darles una oportunidad, una sola razón, una tregua, un papel para jugar, un espacio para ocupar. Forzándolos a rogar o a guerrear por un bienestar que tendrían que tener por derecho propio; sin permitirles un respiro que no haya sido contra el suelo y bajo la suela del zapato. La hegemonía; el sectarismo; el dogmatismo; el egoísmo nos tenían perdidos.

Podría pensarse que por fin nos reunió en esta Asamblea el cansancio de la destrucción y de la barbarie. Que fracasamos en los interminables intentos de derrotarnos los unos a los otros. O que resultaron fallidas las andanadas que desatamos sin compasión, unas detrás de otras, para acabar con este país: no ha faltado esfuerzo alguno que no hayamos hecho para aniquilarlo y borrarlo del mapa. Así de cruel ha sido todo esto.

A lo mejor tenemos que reconocer que el desarrollo de los pueblos es, sin remedio, así. Que antes de arrancar por el camino de la civilización, se demoran eternidades para conocerse y reconocerse. Para calmarse. Para aceptarse. Para hacer las paces y madurar y desenvolverse en la reconciliación. Para llegar a este recinto hemos tenido que recorrer ese duro camino. Pero ya llegamos. Y vamos a ponernos de acuerdo en lo que será la nueva Colombia, más fácil y más rápido de lo que pudiera imaginarse. Eso esperamos. Arrancamos de un punto sólido. Ya averiguamos y comprendimos por nuestra propia cuenta y con nuestro propio pellejo, lo que parece ser una verdad para toda la humanidad:
exterminarse los unos a los otros es un ejercicio inútil y estúpido. Además, ya se nos asentó encima el cansancio y el hastío de la carnicería. Sigue corriendo la sangre, es
cierto. Pero puede ser el tramo final. Dios lo quiera. En esta Asamblea puede estar el comienzo de ese final.

Que tipo de Constitución vamos a hacer aquí?

Bueno. Una que le dé formas y rasgos generales al Estado. Que permita ajustarlo en cada momento según la voluntad popular vaya dictando verdades políticas con el transcurso del tiempo. Una Constitución que delinee un Estado que se agrande y se achique con la facilidad con la que se puede pasar entre unas elecciones y otras, de una verdad socialdemócrata a una neoliberal. Y que quienes reciban el turno en el Congreso y en el Gobierno, no encuentren escollos procedimentales para responderle a los anhelos populares.

En una democracia así se puede juzgar a los mandatarios por lo que son y representan, y no como ocurre ahora, que aún cuando sean distintos, tienen que gobernar de la misma manera y hacer las mismas cosas, por las rigideces que arrastra el sistema. Si un partido, por ejemplo, ofrece en una campaña llevar a cabo programas de reforma agraria y urbana, termina gobernando como lo hubiera hecho un contendor que no tenía vocación de reformas, porque las expropiaciones se hacen, al fin de cuentas, en los juzgados, que pertenecen a otra rama autónoma del poder. Todos sabemos que este tipo de reformas no se han hecho en ninguna parte del mundo ni pueden hacerse sin el expediente de la expropiación. Pero como en Colombia la expropiación esta bloqueada en la Constitución por el tramite judicial, las reformas sociales han terminado siendo una fuente de desprestigio de la política y de los partidos, que vienen repicando sobre el tema desde hace décadas, sin que hayan hecho mayor cosa. De tiempo atrás hemos abogado porque la expropiación se defina en el trámite administrativo, y vamos a insistir en ello.

Ahora, si de lo que se trata es de no hacer en estas materias sociales, pues no se utilizan los instrumentos constitucionales y legales, y parte sin novedad. Lo que resulta inaceptable es que las decisiones populares no se puedan cumplir porque la propia Constitución las bloquee.

No se trata de hacer un Estado omnipotente y omnipresente. Pero sí que defienda a los débiles y proteja la integridad de la sociedad y de las instituciones. Y que no sea impotente frente a los fenómenos sociales y económicos. Por el contrario, que pueda intervenir con eficacia en ellos.

De otra parte diría que no podemos descender a la casuística. Ni mucho menos ponernos aquí a resolverle problemas a nadie en particular. La Constitución tiene que ser impersonal e intemporal. Y más que para nosotros, que ya no tenemos remedio, debe ser para nuestros hijos y para las generaciones del porvenir: debemos garantizarles, a cualquier precio, un escenario de dignidad y de decencia para que vivan en paz, y progresen, y sean felices en esta Nación. De ninguna forma podemos dejarles unos estigmas, o unos compromisos, o unos hechos dictados por el terror, o por intereses económicos particulares, o por conveniencias políticas sectarias.

Con frecuencia pienso que lo que más nos agradecerán nuestros hijos y nuestros nietos, será que les dejemos la opción de nacer y de crecer sin una marca, sin una tiranía, sin una afrenta. Como le ocurre a la gente libre. En cambio, su reproche será implacable si juzgan que nos morimos de miedo y nos gastamos el tiempo ocupados en ver la manera de darle gusto a todo el que resolvió atravesarse a la brava en nuestro camino, o decidió armar su propio imperio particular en esta nación.

Hay que abrirle espacios contundentes a la justicia en esta Constitución que nos mandaron hacer. Sin contemplaciones. Este país se está hundiendo en la molicie y en la podredumbre, de la manera mas melancólica e indefensa.

También hay que reventar la concentración del poder económico y político. Estamos aprisionados por monopolios de todo tipo: en los medios de comunicación, en la explotación de los medios de producción y de los mercados, en el beneficio de los bienes y servicios del Estado. Los consumidores, los pequeños y medianos industriales y comerciantes, están expósitos. Esto no puede ser por más tiempo.

Y tenemos que darle legitimidad al Estado y también a la política, que se volvió en Colombia una simple gazapera por los puestos y por el presupuesto publico. No es una competencia por encontrar la verdad, el acierto y el bienestar para la sociedad.

La política se redujo a una burda obsesión por ganar elecciones. Y son victorias insulsas e inútiles. No le sirven a nadie para nada. En este país, desde hace años, no se avanza en la resolución de ningún problema público. Por el contrario, todos se agrandan con el paso del tiempo, y ya casi nos aplastan. Lo que llamamos poder se reduce a la discrecionalidad de quitar y poner fichas en la nómina del gobierno, y a la dudosa felicidad de asistir a festejos y ceremonias oficiales.

Sucede que aquí la política no se hace con ideas ni con programas ni con organizaciones coherentes que las impulsen y respondan por ellas ante la opinión pública. Se hace con la astucia y hasta con la perversidad. La organización de nuestro Estado permite que esto sea así. Es muy simple: para quien no tenga escrúpulos es fácil hacer trampa en los procesos electorales, o quien disponga de dinero y de puestos públicos tiene una ventaja insuperable.

Desde hace años venimos proponiendo una cuarta rama del poder publico que se encargue de darle transparencia a las elecciones, que administre el financiamiento estatal de los partidos y de las campañas políticas, que supervise las demás fuentes de financiamiento, que maneje la televisión para que sea un instrumento informativo y culturizador al servicio de la sociedad, y no una palanca de poder al servicio de grupos exclusivos. Que garantice los derechos de las minorías y de la oposición.

Vamos a insistir en ello, así como en la exigencia de que los nombramientos corrientes en todos los niveles de la administración del Estado se hagan por concurso público, y la separación del servicio no sea posible sino por resolución motivada.  Ese servicio publico en Colombia es una especie de esclavitud y de trata de seres humanos, sobre cuyo destino deciden en forma cruel y abusiva los gamonales políticos.

El Estado, en conclusión, pagado con recursos del pueblo y constituido por su voluntad soberana, fue a parar a las garras y a los bolsillos de unas personas que tienen por oficio la política. Una política mal hecha y mal entendida. Por todos esos motivos se perdió la legitimidad de las instituciones, y nuestro papel es rescatársela. Hacer que todos los colombianos sientan que el Estado y el país les pertenecen por igual, y que el sistema democrático y los procesos electorales y de definiciones de todo tipo que se llevan a cabo en nuestra vida colectiva, están respaldados por la expresión plena y diáfana de la voluntad popular.

Hoy vemos que millones de colombianos no votan en las elecciones. En las presidenciales, por ejemplo, que debieran ser las más concurridas, los mandatarios son elegidos por minorías. Todo esto indica la falta de respaldo que tienen en Colombia las instituciones. La ley, la Constitución y las instituciones que ellas conforman, no representan al pueblo y no le interesan mayor cosa. Por eso, lo más normal es que cada cual haga lo que le parece y que impere la ley del más fuerte. La ley de la selva. Poco hay que decir para corroborar esto. Los hechos cotidianos hablan por sí solos.

¿Cómo cambiar este estado de cosas, cómo volver más legítimas las instituciones, más representativas, más participativas, para que todo el mundo se sienta dueño de
ellas, y las acate, y las enriquezca con su conductas?

La nueva Constitución tiene que crear mecanismos que permitan la participación ciudadana, que generen el compromiso de la gente con las decisiones colectivas y  con el rumbo que en cada momento toma el país. La doble vuelta para la elección presidencial es un ejemplo.

En una primera vuelta se presentan todos los candidatos que consideran que representan algo en la sociedad. Allí aflorarían los candidatos de las minorías -de los indígenas, los ecologistas, las feministas, los campesinos, los obreros- que son elementos fundamentales de nuestra sociedad y de nuestra democracia. Se harían contar por fin esas minorías en un plano de igualdad, sin que su participación ponga en peligro la elección de otros candidatos con más fuerza. Y la gente, que tiene la noción del voto útil y no le gusta desperdiciarlo en candidatos que no tienen opción, podría votar en esa primera vuelta por sus más intimas simpatías, a sabiendas de que el voto que definirá será el de la segunda vuelta.

El ejercicio de la primera vuelta tiene varias consecuencias importantes. En primer término, toman forma las minorías. Identifican sus líderes y preparan cuadros en todo el país. Además, se localizan según la votación que hayan obtenido en todo el territorio y pueden así ahondar en su organización. Muchos individuos no saben que hay otros que piensan como ellos y que comparten los mismos intereses. Esta es una forma de identificarlas y de reunirlas para acciones conjuntas. Y la otra consecuencia fundamental consiste en que los dos candidatos que obtengan la mayor votación en la primera vuelta van solos a la vuelta final definitiva, en la que se elige el presidente. Estos candidatos necesitarán de esas minorías que se organizaron y expresaron para la primera vuelta. Tendrán que reconocerlas y respetarlas para consolidar su propia mayoría triunfante. Esto es, tendrán que llamar
a sus líderes y convencerlos de que los apoyen a cambio de que sus reivindicaciones ocupen un lugar importante en el programa de gobierno, y sus cuadros directivos un
papel en el nuevo gobierno. Es decir, las minorías de este país por fin pisarían duro y obtendrían resultados prácticos en la materialización de sus anhelos.

La doble vuelta para la elección presidencial que propondré a esta Asamblea es el comienzo de una nueva vida democrática, y es el fin definitivo del bipartidismo. Un país como el nuestro, rico en realidades de todo tipo, no cabe en uno o dos partidos.

Cuando se debatía en 1.988 en el Senado de la República el proyecto de reforma constitucional que propusimos para la unión del liberalismo, expresé en una de mis intervenciones -Noviembre 23 de ese año, Anales del Congreso No. 178 pag.7- lo siguiente: “La verdad es que nuestro régimen jurídico es discriminatorio. En lo político es discriminatorio. Me pongo, para comprenderlo mejor, en el pellejo de las minorías políticas del país, en el pellejo de las minorías sociales. Es más, he estado la mayor parte de mi vida en el pellejo de esas minorías políticas. Soy consciente de que unas instituciones que hablan de la distribución paritaria de ciertos cargos del Estado, son instituciones discriminatorias, excluyentes, odiosas, antidemocráticas. Yo no me siento interpretado por esas instituciones. Advierto que estoy en la lucha política dentro de esas instituciones. Obro en la política en el marco de esas instituciones y las respeto, así no esté de acuerdo con ellas. Las respetaré siempre, porque me parece que la inconformidad tiene que ejercerse dentro de un plano civilizado que lo da la ley, que lo dan las convenciones sociales, las normas. Porque, de lo contrario, se empieza a caminar como camina tanta gente en Colombia, por el sendero de la ley de la selva, de la ley del más fuerte, del salvajismo. Pero estoy dentro de esas instituciones en la lucha política para tratar de cambiarlas, porque no me gustan, porque soy inconforme frente a ellas.”

Aquel año recorrí este país con Luis Carlos Galán en la tarea de preparar nuestra propuesta de reforma constitucional. Discutimos el tema con cerca de cuatro mil compañeros. De allí salió un proyecto de más de ciento cincuenta artículos y un proceso que tiene mucho qué ver con el hecho de que estemos aquí reunidos en esta Asamblea Nacional Constituyente.

Entre otras cosas, en ese momento, por primera vez en Colombia, se trajeron a discusión los Derechos Humanos para una reforma de la Carta. Galán sentía una mística particular hacia el tema, y yo también. Lo estudiamos y discutimos a fondo, y al final redacté la versión de nuestra propuesta, que de nuevo presento, esta vez al escenario definitivo de una nueva Constitución moderna y democrática. El tema de las minorías es apasionante y fundamental, entre otras porque en este país, esas minorías, hoy marginadas, son tantas, que entre todas conforman una mayoría. No son un problema colateral, sino un problema central. Yo diría que su incorporación es la clave de la paz y del progreso de este país, que no ha aceptado la riqueza y la potencialidad de su diversidad. Que no ha aceptado a las minorías, no las ha reconocido, no las ha incorporado en su autenticidad a la armonía de un todo. Esta es una nación dispersa y retaceada, cuyos elementos constitutivos no empujan todos, al tiempo, en un mismo sentido para impulsar el progreso. No nos reconocemos, no
nos entendemos, luego cada cual va por su propio lado. Esa es la anarquía y ese es el atraso.

¿Cómo podemos pretender, por ejemplo, que nuestros compatriotas de la frontera vivan con las mismas normas de las personas del interior? Es absurdo. Ellos tienen la realidad caliente de monedas extranjeras entrando y saliendo, mercancías, visitantes, negocios, romances etc. Nada de esto cabe dentro de nuestra estrecha institucionalidad. El resultado no puede ser otro: a la gente de la frontera le toca actuar al margen de la ley para no vivir por fuera de su propia e intrínseca realidad. O si quiere ajustarse a la legalidad, tiene que quedarse paralizada viendo pasar por su lado a toda velocidad el tráfago de una vida acelerada y apasionante. Vamos a proponer la creación de distritos fronterizos y normas que se ajusten a esa realidad, de tal manera que los compatriotas que viven en ellos puedan desempeñarse a su manera, sin dejar de ser colombianos y sin quedar al margen de la ley.

Lo mismo con las étnias minoritarias. Propondremos los distritos étnicos, para que los compatriotas indígenas, las negritudes, los isleños, vean su cultura autóctona reconocida dentro del marco de la institucionalidad: sus formas propias de gobierno, sus líderes naturales, su idioma, sus sistemas de producción y comercialización, sus  creencias, sus formas de familia, de propiedad, de vida.  Siempre hemos abogado también por los colombianos que viven en el exterior. Son una minoría conformada por más de tres millones de compatriotas, que aunque estén por fuera del territorio nacional, son parte nuestra. Tienen derecho a ser reconocidos dentro del universo activo y palpitante de nuestra Nación. Desde hace años venimos proponiendo, y volvemos a hacerlo ahora, la figura de la doble nacionalidad. Además, la circunscripción electoral especial que les permita elegir sus representantes en el Congreso. Y también, la creación de una delegación en la Procuraduría para la defensa de sus derechos humanos, ya que están siendo víctimas de una persecución infame por el solo hecho de ser colombianos. Vamos a crear instituciones que los integren, para que Colombia tenga una avanzada en el mundo a través de ellos. Y
para que no sientan, nunca más, que son seres perdidos y solitarios por los caminos del planeta, sino que donde quiera que estén, están haciendo patria.

Hemos hecho y dicho tanto sobre el Congreso, que no quisiera volver en forma prolija sobre el tema. “Porque te quiero te aporrio” dicen por ahí. Vamos a hacer el mejor reconocimiento a lo que representa el parlamento en nuestra democracia, proponiendo reformas profundas y respaldando a fondo su transformación, para que recupere el aprecio y el respeto de los colombianos, y para que cumpla en el juego de nuestras instituciones el papel principal que le corresponde.

Lo mismo diría de la descentralización y de la modernización de la administración territorial. Venimos con nuestras propuestas de reforzar las autonomías locales, de
crear nuevos marcos de asociación y coordinación de esfuerzos regionales, y de crear mecanismos que permitan una justicia redistributiva para lograr un desarrollo armónico
que empiece a disminuir las brechas en el desarrollo, reconociéndole un mismo plano de importancia hasta al ultimo rincón de nuestra geografía. Está también nuestra
comprensión y reconocimiento de la trascendencia y jerarquía del tema ecológico en la vida contemporánea.

Señores Constituyentes: Soy la prolongación y la ratificación de una lucha de largos años de inconformidad y de rebeldía por la democracia. Lo hemos entregado todo por
la paz y la justicia. Evoco a mis dos compañeros más ilustres. Ellos ayudaron con su patriotismo a construir este escenario de la historia y nos están inspirando: Luis Carlos
Galán y Rodrigo Lara. Seguimos en marcha.

Muchas gracias.

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