Perdidos en los cielos de la Amazonia

Tercera parte de la crónica de Iván Marulanda sobre su aventrua en la selva con la guerrilla colombiana durante la asamblea nacional constituyente de 1991

Ilustración Verónica Velásquez tomada de http://bit.ly/K6yLyY

(parte 3 de 4. Ver parte 1parte 2 – parte 3 – parte 4)

Le había propuesto a Alfonso Cano que escribiera un mensaje a la Asamblea Constituyente recién alzamos vuelo en Flandes, rumbo a Venezuela. “Lo haré”, respondió. Cumplió su palabra: seguros en territorio venezolano, se acercó y puso en mi mano una hoja manuscrita con su firma y la de sus compañeros: “Lo prometido es deuda, doctor Marulanda”. Guardé la nota, y de vuelta en la sala de la Constituyente se la entregué a Lorenzo Muelas para que la leyera delante del pleno. Tan pronto terminó, presenté la proposición que prometí a Cano cuando nos despedimos en Caracas: “lo prometido es deuda” también valía para mí. Era el paso más audaz imaginable en el camino de esos diálogos de paz… Lo revelaré en la última entrega de estas crónicas.

Volábamos sobre la selva en busca de Cano, después del encuentro con Iván Márquez. “Me perdí… no reconozco el terreno desde arriba”, balbuceó el baquiano, pálido como hoja de papel y con los ojos negros de animal de monte enchufados en el paisaje infinito de copas de bosque. Hacía rato remontábamos los cielos amazónicos en las direcciones que señalaba con la antena de su radio la mano compulsiva de aquel guía de las FARC que nunca había visto desde las alturas el mundo, en el que vivía sepultado desde siempre y quizás para siempre con sus compañeros de guerrilla. Tuvimos certeza de que no sabíamos dónde estábamos ni hacia dónde íbamos, aunque hacía rato lo presentíamos.

comras el mundo, en el que vivía sepultado desde siempre y quizás para siempre con sus compañeros de guerrilla. Tuvimos certeza de que no sabíamos dónde estábamos ni hacia dónde íbamos, aunque hacía rato lo presentíamos.

Hacía 30 minutos volábamos a ciegas sobre la monotonía de la selva, desde cuando nos despidió Márquez en aquel claro de monte. Sentí la tensión del guía cuando abordó el helicóptero: subió sin abrir la boca y tan pronto trepó al aparato se “asó”; miraba a este lado y al otro, se echaba para atrás y para adelante sin hallarse. Cuando soltó el taco de su confusión, el piloto y yo nos miramos estupefactos, sin mover medio músculo de la cara ni dejar salir expresión alguna que delatara nuestro desconcierto. El guía estaba a punto de explotar de los nervios, como queriendo tirarse de bruces por el enorme vidrio delantero de la nave.

De pronto, el radio muerto resucitó. ¡Nos hablaron! “Los estoy viendo… a su izquierda… avancen y empiecen a bajar”. Nos volvió el alma al cuerpo: era la voz de Alfonso Cano. El guerrillero de abordo, a punto de infartarse, le contestó cualquier cosa en su jerigonza de avanzadilla. “No intenten asentar el helicóptero que el suelo es pendiente”, transmitía Cano desde tierra.

El anillo en la selva donde descendimos para recoger al guerrillero era más pequeño que aquel en que aterrizamos horas antes. No vi a nadie, pero mientras la máquina se suspendía 50 centímetros sobre el piso observé que los árboles gigantes que nos rodeaban se alborotaban como si tuvieran legiones de micos trepadas en los copos. Presentí que centenares de ojos guerrilleros curioseaban escondidos desde las ramas en las alturas: las moles vegetales se mecían y agitaban como frágiles arbustos de guayabo.

Salió del monte un hombre menudo, con anteojos enormes de marco negro que le tapaban buena parte de la cara, barba negra y cabello negro ondulado, vestido de camuflado y botas de cordones hasta la canilla. Caminó hacia el aparato, tranquilo pero a buen paso, mirando al suelo para no tropezar. Era Cano. Lo seguía una mujer blanca, pálida, un poco más joven que él, también menuda, de pelo negro largo y descuidado, la cabeza descubierta y vestida de camuflado, pero con botas pantaneras. Después supe que era su compañera. Cuando la tuve cerca, me pareció ver al común de mujeres con las que estudié en la Universidad de Antioquia en los años sesenta: en su silencio y su palidez inexpresivos presentí la mujer resuelta, disciplinada, leal a su compañero y a su lucha.

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