Constituyentes en helicóptero

Crónica de Iván Marulanda sobre el encuentro con la guerrilla durante el desarrollo de la asamblea nacional constituyente de Colombia en 1991

óleo de Beatríz González (fragmento), tomado de http://bit.ly/KWDCBY

(parte 2 de 4. Ver parte 1 – parte 2 - parte 3parte 4)

Era de madrugada. Navegábamos sobre la Amazonía el piloto del helicóptero, el silencioso joven alto, mono y de ojos claros —hombre de confianza del presidente Pérez de Venezuela— y yo. Lorenzo Muelas viajaba en otro helicóptero, quién sabe por dónde y hacia dónde. En nuestra nave buscábamos, desde las alturas, la “aguja en el pajar”: una sábana azul que ondeara en algún ojo de la selva infinita, tupida, imponente.

A las 4:45 a.m., la hora exacta convenida, habíamos llegado Lorenzo y yo al hangar como dos diplomáticos ingleses, cada uno por su lado, yo en taxi y él en Jeep. “Buenos días Lorenzo”, “Buenos días Iván”, y nos sentamos sin más palabras en dos sillas verdes de plástico atornilladas a un tubo, las primeras que encontramos en el lugar. Hacía hielo, la neblina invadía las pistas del aeropuerto y se extendía hasta el enorme galpón donde, puede decirse, estábamos al aire libre. Lorenzo vestía sus atuendos tradicionales guambianos, y yo, pantalones y chaqueta de dril. Mirábamos al frente, a la nada, en silencio, a la espera de que algo sucediera. En pocas horas, nuestros colegas de la Asamblea Nacional Constituyente reanudarían las tareas sin nosotros, mientras cumplíamos esta misión en su nombre.

Estábamos así, elevados, cuando apareció el misterioso hombre de la cachucha. Me hizo una seña discreta para que me le acercara. Caminé tres metros hacia él y, sin más que un “hola” de ida y vuelta, puso en mis manos una hoja de cuaderno garabateada con el lápiz rojo de algún niño de kínder. El trazo infantil mostraba dos ríos que confluían para formar uno solo. Sobre las líneas en “Y” estaban los nombres de los afluentes y del río principal. “Vayan hasta esta desembocadura y sigan el curso del río hasta que encuentren una sábana azul. En ese punto bajen. Cuando recojan a las personas diríjanse al aeropuerto de Flandes, donde deben estar a más tardar a las tres de la tarde.” Luego me pidió que lo siguiera. Diez pasos adelante estaba el piloto parado, mirando para el techo, también esperando a que algo sucediera. “Usted va con el capitán, doctor”, dijo el hombre de la cachucha, elevando un poco el volumen de la voz para que el piloto escuchara. Hasta ahí supe del personaje.

“Capitán, mucho gusto: Iván Marulanda”, dije al piloto y le extendí la mano. “Mucho gusto señor. Vamos”, respondió. Sin más protocolos lo seguí hacia la pista. “Usted dirá, doctor”, me dijo. Entonces le entregué nuestro “mapa” y le di las señas. Mientras caminábamos uno al lado del otro estudió el papel y a poco andar llegamos al aparato camuflado en la neblina, bajo el crepúsculo. Al pie estaba nuestro fantasma venezolano de ojos claros. “Encantado: Iván Marulanda”. “Qué tal, señor Marulanda… Vengo en representación del presidente Carlos Andrés Pérez. Estoy a sus órdenes”. “Gracias, ¡y para adentro!”, invité a nuestro acompañante. Se sentó al fondo del largo asiento y yo me hice en el otro costado, al lado de la puerta. Sentado en su silla, adelante, el capitán sacó sus libros de mapas, tomó notas a lápiz, cuadró los instrumentos y… ¡para arriba! Caí en cuenta de que no me había despedido de Lorenzo. No supe cuál sería su destino.

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