El espíritu de la Constitución es Ciudadanía

mayo 6, 2011 en Discursos

Iván Marulanda en la conmemoración de los 20 años de la constitución de 1991 en la universidad bolivariana de bucaramanga en 2011EL ESPÍRITU DE LA CONSTITUCIÓN ES CIUDADANÍA
CONMEMORACIÓN DE LOS 20 AÑOS DE LA CONSTITUCIÓN
UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE BUCARAMANGA

IVÁN MARULANDA

2011-05-06

El Senador hablaba hace pocas semanas a mil personas conocedoras de los temas del desarrollo territorial llegadas de todas las regiones del país y a expertos internacionales convocados por la Región Capital bajo los auspicios de Naciones Unidas para conmemorar 20 años de la Constitución en el examen de la descentralización.

El orador decía que el Congreso Nacional tramita el proyecto de Ley de Ordenamiento Territorial (LOT) con particular cuidado porque senadores y representantes no pierden de vista que la descentralización desató guerras civiles en el siglo XIX y se cuidan de no instigar otra matanza entre los colombianos.

El abismo entre los constituyentes del 91 y los políticos tradicionales no podía verse más claro que en ese momento. Mientras los constituyentes miramos adelante los políticos miran atrás.

Los constituyentes fuimos enviados por la ciudadanía a la Asamblea a abrir el espacio de la palabra. A decir en ambiente de democracia lo que cada cual piensa y a escuchar lo que los demás tienen para decir sobre la manera como los colombianos quieren y pueden convivir sin demérito de sus creencias y sus gustos, sin imposiciones ni privaciones.

La ciudadanía cuando nos eligió nos dijo, lleven nuestras verdades y sueños y pónganse de acuerdo acerca de cómo podemos existir todos al tiempo tal como somos y sin matarnos. Esto sucedió después de casi dos siglos en los que fracasó el sistema de imponerse unos sobre otros por la fuerza. El sufrimiento y la miseria agotaron a la población.

En la Asamblea Constituyente se pusieron sobre la mesa los puntos de vista de las distintas expresiones sociales colombianas sin distinguir cuántos son y piensan de una manera y cuantos de otra. Esa es su razón histórica. Se trataba de reconocer las diferencias culturales bajo el respeto al derecho que tiene cada grupo social a ser tal como es y como se considera digno y de buscar acuerdo y concierto en la razón para que la existencia de unos no implique la extinción de otros.

No hay caso. Los políticos siguen pensando que su oficio tiene por fin y por método zanjar diferencias a golpe de mayorías que arrasan a minorías a las que no dejan más camino que armarse para intentar hacer valer en el campo de batalla las aspiraciones y argumentos que no son considerados en la lógica del poder que impone normas de vida para todos al golpe de sumas y restas de mayorías y minorías que no se hablan para acordarse sino que votan y mandan. Es la situación del siglo XIX a la que se refería el senador. Cien años después la Constitución del 91 quiere superar esa idea de que el recurso de la violencia está a la mano cada que sea necesario.

En la política colombiana se siente pánico de ser minoría. Es por lo que casi todos se refocilan sin pudor bajo la cobija del ganador aun cuando apeste.

El que gana el poder gana todo y el que pierde lo pierde todo. La oposición no es alternativa política como tampoco lo es el consenso. En minoría política, étnica, de género, en cualquiera que sea se menguan los derechos y las oportunidades en este país hasta quedar reducido a la condición de vasallo.

En esa lógica en la que ganar no solo es sobrevivir sino tenerlo todo, el primer escenario del proceso de la violencia es la trampa como instrumento eficiente en la lucha a muerte por la victoria electoral. Las elecciones en Colombia son tramposas desde siempre y por eso las urnas son antesala del campo de batalla. Se gana porque se gana, a las buenas o a las malas, con fraude y ventajas ilícitas, luego se imponen por el poder de esas mayorías espurias reglas de vida para todos pero que favorecen a quienes las dispensan y bajo el mismo principio se dispone de la riqueza pública para reforzar privilegios con criterio hegemónico. Y claro, al otro lado explota la rabia y se incendia el país. En esas, Colombia pena su condena de injusticia y de sangre por los siglos de los siglos.

El rosario de fraudes electorales a lo largo de la historia no se discute. Jurados cargados, votos mentirosos, actas alteradas, conteos truculentos, compras de votos, trasteos de votantes, recursos humanos y fiscales del Estado convertidos en servidumbres electorales, coimas de contratistas, fortunas de privilegiados al servicio del estatus quo, dólares
ensangrentados, reglas de juego parcializadas, medios de comunicación excluyentes, son ritos y expedientes que hacen parte de este baile macabro. Y lo que sigue es más tenebroso. Fuerza pública fanatizada y fuerzas armadas al margen de la ley entran a la danza del poder con su impronta de represión, violación de los derechos humanos, magnicidios, genocidios, tiro en la nuca y demás atrocidades.

No es difícil ponerle nombre propio a cada eslabón de esta cadena de barbaries a lo largo de la historia. Solo el muestrario de mediados del siglo pasado para acá es espeluznante. “La Violencia” que protagonizaron conservadores y liberales, el asesinato de Gaitán, la dictadura, el Frente Nacional excluyente con su Estado de Sitio de sobremesa, el “chocorazo” en las presidenciales del 70, el exterminio de la Unión Patriótica, las chequeras y los sicarios del narcotráfico en las elecciones, los asesinatos de Pardo Leal de Galán de Jaramillo de Pizarro, el “Proceso 8000”, la “Parapolítica”, la “Yidispolítica”, los “carruseles de la contratación”, el régimen soportado en el poder del Estado puesto al servicio
de sus candidatos y reforzado desde su gestación en el paramilitarismo, el espionaje y el acoso ilegales a la oposición, el fraude electoral y el influjo de sectores económicos dominantes que no compiten sino que compran e imponen.

Repito que bajo esa realidad macabra subyacen las fundaciones de la cultura política colombiana que se expresa en arbitrariedad, desigualdad y violencia. Esas raíces son el poder del Estado convertido en botín que se apropia por la fuerza para imponer sistemas de vida y privilegios en detrimento de los derechos y la dignidad que en democracia se reconocen a los derrotados. Es la cultura política que la Constitución del 91 se propuso extirpar para traer a las costumbres de la sociedad la democracia en toda su expresión con el componente indispensable del poder que emana de la conciencia y la expresión libre de la ciudadanía.

Vuelvo a la presentación del Senador que discernía semanas atrás sobre las aprensiones de los congresistas colombianos cuando trabajan por estos días en la Ley de Ordenamiento Territorial (LOT). Según nos dijo, los recuerdos de las guerras civiles del siglo XIX los espantan. Y los comprendo. Los políticos colombianos siguen conectados a su tradición, es decir, a la memoria de las luchas fratricidas del partidismo. La nación por cuenta de los políticos padece esquizofrenia. Mientras las gentes del común viven el presente y se preocupan por el mañana, quienes las gobiernan no salen del tormento, la ceguera y la obsesión de sus pesadillas del pasado. Es el poder desconectado de la ciudadanía.

A los constituyentes del 91 nos dijeron las gentes que les resultaba imposible seguir viviendo alinderadas y constreñidas en las instituciones anacrónicas que regían sus vidas desde el lejano y ajeno siglo XIX y nos ordenaron modificar esa situación. Para describirlo de manera elemental les recuerdo que los constituyentes que hicieron la Carta de 1886 se transportaban a caballo por caminos de herradura para atravesar esta geografía inmensa que vista desde el lomo de la mula resulta infinita e inaprehensible. No había trenes ni automóviles ni se imaginaban los aviones. No existía el Canal de Panamá ni siquiera había puertos en nuestros litorales. Las comunicaciones se hacían mediante postas y estafetas, se escribía con pluma, tinta y carboncillo en pergaminos bajo la lumbre de la vela. Ese mundo reducido e incipiente que nutría las mentes de parroquia de los aldeanos de la época,
descalzos, agrestes y primitivos, fue el referente de quienes hicieron la Constitución de 1886 que rigió hasta un siglo después con sus remiendos hechos a trancos, como partos de mula, de cuando en vez cada que el hilo de la historia se exasperaba a punto de reventarse. Si algún visionario les hubiera hablado a los constituyentes de 1886 del teléfono a larga distancia o del celular o de la radiodifusión y la televisión o del computador o del internet, hubiera ido a parar al manicomio.

Imagínense señoras y señores lo diminuto que era ese mundo del siglo XIX, pero con todo y eso dictó desde la Constitución del 86 las normas de vida a los colombianos durante casi todo el siglo XX y las travesuras bélicas de las que fue escenario todavía asustan como fantasmas a legisladores colombianos. Ese mundo que no iba más allá de la punta de la nariz de cada individuo ni más allá de lo que se veía y se oía con los propios sentidos y de lo que se colegía de las lecturas que venían casi todas de ultramar y que transportaban a los pocos aldeanos que sabían leer a mundos que les eran ignotos y que debían parecerles imaginarios y que de contera les convertían las mentes en nudos de elucubraciones, fantasías, efervescencias y miedos.

A todas esas bajo los imaginarios políticos y sociales y los mandatos jurídicos del siglo XIX, los colombianos llegamos hasta 1989 y 1990, años terribles de terrorismo que zarandearon a la ciudadanía hasta la aflicción y el desespero. El desconcierto en ese momento llegó al límite y el pánico alcanzó el delirio con los asesinatos de Luis Carlos Galán de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro, quienes encarnaban el relevo generacional y el salto y la esperanza de practicar por fin otra política inspirada en la tolerancia y la diversidad de las ideas.

La situación que se vivía era esta. El país estaba asfixiado y entrabado en el anacronismo, embutido como he dicho dentro de instituciones precarias que venían del pasado lejano y que por su obsolescencia no permitían que Colombia se moviera a sus anchas para conocerse y comprenderse a sí misma, protegerse y desplegar sus energías y sus potencialidades. La legalidad que regía las relaciones sociales era estrecha, miope, proclive a la arbitrariedad, al abuso, a la exclusión, dada a huchear la represión, la humillación, el desencuentro y la violencia social.

Entonces la ciudadanía se sacudió, reaccionó y resolvió por sí y ante sí convocar mediante la “Séptima Papeleta” la Asamblea Constituyente para que representantes elegidos por el pueblo hicieran otra Carta Política inspirada en concepciones modernas del pensamiento, de la historia y en realidades de la vida, de la cultura, de la política, de la economía, del mundo cosmopolita en el que se movía la sociedad desde hacía decenios. Aquello ocurrió hace 20 años y es lo que conmemoramos en este acto.

Permítanme regresar de nuevo al relato de mi historia de días atrás cuando escuchaba al Senador hablar de los miedos de los congresistas, absortos y petrificados ante el recuerdo de las guerras civiles del siglo XIX que les impiden comprender y cumplir el mandato descentralizador que la ciudadanía ordenó colocar en el eje de la Constitución del 91.

Mientras le escuchaba pensaba para mis adentros que la Constitución del 91 ha permanecido desamparada durante estos 20 años en manos de políticos de viejo cuño incapaces de entender que a lo largo de estos tiempos la ciencia y la tecnología y la civilización y el comercio avanzan a velocidades de vértigo y nos desbordan.

Miren Ustedes. Hace algunos meses observé sobre el terreno el funcionamiento del Canal de Panamá y dirigentes empresariales del istmo me explicaron este detalle que les quiero compartir. Dentro de dos años es decir en el 2014, cruzarán por el Canal buques con 14.000 contenedores. Para transportar la carga de uno solo de estos buques en el sistema colombiano, se necesitan tractomulas que alineadas una detrás de la otra formarían una línea que se extendería a lo largo de 140 kilómetros de carretera. Bueno… y como si fuera poco si es de trochas y no de carreteras de lo que estamos hablando, aquello que estaba viendo y oyendo se convierte en pesadilla. Estamos fuera de las grandes ligas de competencia. Nuestra logística de transporte es absurda, la ubicación mediterránea de nuestras grandes ciudades y la visión centrista de nuestro desarrollo nos saca de las grandes ligas del comercio mundial que funcionan descentralizadas y tienen ubicados sus enclaves productivos y comerciales en las fronteras y en las costas.

Señoras y señores, los políticos que tienen su mirada puesta sobre los siglos XIX y XX están sepultados en la antigüedad y no dejan salir al pueblo colombiano de las cavernas… ¡qué bueno fuera sacudirnos…! Colombia necesita mentes modernas y audaces que con el instrumento de la Constitución den vuelta a las corrientes y a los esquemas del desarrollo tradicional para que fluya la creatividad y las regiones con autonomía devuelvan al ciudadano su papel protagónico en la definición de su destino económico y social. Si el país se descentraliza como lo ordena la Carta Política del 91, la economía de las fronteras y de las costas volará por sí sola como tiene qué ser y saldremos de la concepción asistencialista y miserabilista de la visión de Estado y del sistema de vida en el que está confinada la sociedad colombiana.

Me parece interesante describirles la manera como entendimos los constituyentes del 91 el oficio que nos pusieron los ciudadanos. Es sencillo. Nos pidieron les diéramos instituciones que les reconocieran sus diferencias y que sin renunciar a ellas, no solo les permitieran vivir juntos sin matarse, sino que además les permitieran sobrevivir y progresar, es decir competir en este pequeñísimo planeta reducido de la noche a la mañana al tamaño de un pañuelo. Les recuerdo a los políticos que tienen responsabilidades de
decisión que los campesinos y los artesanos y los empresarios pequeños y grandes y los trabajadores de todas las categorías y condiciones ya no están disputándose el pan y los mercados y los negocios con el vecino de al lado, sino que sus competidores vienen ofreciéndose desde las antípodas hasta acá y que a su vez los mercados les esperan a nuestros compatriotas en cualquier punto del mundo siempre y cuando vayan a buscarlos con las ventajas y la inteligencia que exigen los compradores en el regateo sin piedad que desató en el mundo la globalización. En este punto hay que decir señoras y señores, que nos modernizamos y descentralizamos o perecemos.

Reitero que esta Constitución además de echar los cimientos de la convivencia en la democracia y los derechos humanos, sentó las bases de la modernización y la descentralización del país que deben encontrar desarrollo por gobernantes y legisladores y jueces y por la población en general con la mirada puesta sobre realidades de la humanidad que son mutantes y dinámicas y con la imaginación y la creatividad disparadas, no con esos miedos seculares que los espantan desde épocas que no tienen vigencia en esta hora y que no volverán a tenerla nunca más como la tuvieron en los tiempos de las espadas y los caballos.

La evolución de las instituciones colombianas a partir de la Constitución del 91 ha sido vergonzosa. Miren nada más el proceso centralizador y concentrador de poder en la metrópoli que se experimenta de continuo contra el espíritu descentralizador y autonómico de la Carta Política. Qué ironía. Siendo que los ciudadanos integraron la Asamblea
Constituyente con provincianos que reconocieron que las sociedades que progresan en el mundo contemporáneo tienen por axioma que el desarrollo social y la competitividad y por lo mismo el progreso económico y la profundización de las culturas y la sostenibilidad ambiental y la seguridad y la soberanía se construyen en el territorio y no a control remoto. Las construyen en el sitio los pobladores porque están ahí y ahí viven bien o mal según sus esfuerzos y ahí está su memoria y su sentido de pertenencia y su orgullo y ahí trabajan con su experiencia de generaciones su conocimiento del medio ambiente y de sus oportunidades y sus fortalezas y sus limitaciones y sus arraigos y su adaptación al lugar que es su vida su porvenir su tradición en fin, su lugar y su existencia en este mundo. Siendo que Colombia es país de culturas diversas, de regiones, rico como ninguno en biodiversidad y en climas, extenso en tierras y aguas y en fronteras y prolijo en elementos y recursos, cada día para su desgracia está más confinado en los recintos helados y exclusivos del Capitolio y el Palacio de Nariño por cuenta del inmovilismo de esta política sin ideales y sin principios que domina a Colombia y la invade de corrupción.

Repito. Colombia se descentraliza y crea regiones con autonomía política es decir con instituciones territoriales que tengan competencias y recursos fiscales propios y suficientes o no será global en armonía con la evolución del mundo ni generará riqueza y oportunidades para la población ni logrará cohesionar sus comunidades ni hacer su desarrollo sostenible ni consolidar su soberanía ni deleitarse en sus culturas ni alcanzará la paz.

Me pregunto qué sentido tiene la Constitución del 91, constitución de ciudadanía hecha para que el pueblo se realice en sus propias dinámicas y se acople en las dinámicas de las demás comunidades del planeta, si se apropian de ella políticos a los que no les interesan estas cosas no las perciben no las obedecen ni las interpretan ni les gusta. Que tienen por deporte cambiar la Constitución y desnaturalizarla cuando se les da la gana y de cualquier manera, para que cada vez se parezca más a ellos y a sus intereses, que a sus compatriotas y a  los sueños de la gente. Políticos cuyas categorías de poder como ya expliqué no devienen de mandatos populares transparentes de los que se desprendan obediencia lealtad deberes, porque las elecciones funcionan como mercados de compraventa de votos y por lo mismo no interpelan las conciencias de los ciudadanos ni respetan sus libertades, sino que se desenvuelven bajo la creencia de que la lucha por el poder es batalla campal para hacerse a codazos al botín del erario y el control del Estado y obtener licencia para apropiárselo, saquearlo, ponerlo al servicio de privilegios y no volverlo a soltar… Y no los importa que este ciclo de tormentos culmine casi siempre en las cárceles… ¡qué ejercicio tan inútil y frustrante terminó siendo la política colombiana…! Y la ciudadanía aún no reacciona… sigue votando igual…

En medio de la debacle que transmiten minuto a minuto los medios de comunicación desde los juzgados y las prisiones y desde las obras públicas desastradas por la corrupción y la ineptitud, más que por el invierno, pongo de presente la siguiente circunstancia. La Constitución del 91 no fue hecha por jurisconsultos ni eruditos sino por ciudadanos comunes y corrientes que representaron según su procedencia expresiones culturales, sociales, regionales y políticas diversas que aunadas en esa mezcla variopinta encarnaron de forma peculiar el conjunto del pueblo colombiano. Allá estaba reunido el país en pequeña escala. Sus etnias sus regiones sus religiones sus géneros sus estratos sociales sus oficios sus ideologías sus historias sus maneras de ser y de vivir sus dichas sus sufrimientos sus esperanzas y sus frustraciones. Esos delegatarios investidos del mandato ciudadano y de la legitimidad de lo que fueron a representar, hicieron dos cosas.

Primero reconocerse y respetarse como seres humanos en la plenitud de su dignidad y en la autenticidad de aquello que representaron, así como en su condición de compatriotas. Del otro lado, conversar sin desmayar hasta ponerse de acuerdo en la Carta Política que interpretara la necesidad de gobernarse sin tiranías, con instituciones que representaran
la diversidad del país y garantizaran el ámbito de derechos y oportunidades que permitieran realizarse a cada comunidad y a cada individuo tal y como son, sin dejar de ser como son y como les gusta ser y sin tener que irse a las manos para sobrevivir o para resolver las diferencias.

Entonces, como les he dicho que la Constitución a la que le celebramos 20 años de existencia en este acto tiene espíritu ciudadano en cuanto fue hecha por ciudadanos del común por mandato de la ciudadanía y para la ciudadanía, habría que decir que lo que sigue para retomar el rumbo perdido es que el pueblo vuelva a tomarla en sus manos con responsabilidad, con mística democrática, la reivindique la proteja y cada que elija, tenga el cuidado de entregarla en manos confiables y respetables.

Señoras y señores. No podría terminar sin decirles que a lo largo de mi vida he tenido el honor de recorrer los caminos de la lucha por la democracia al lado de santandereanos que están en la historia. Viene a mi mente la imagen de Augusto Espinosa. El recuerdo fundamental de Luis Carlos Galán, líder y compañero. La presencia de Horacio Serpa, copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente, con quien trasiego aún por los andurriales de la política colombiana llevando estas ideas al hombro.