Si no hubieran asesinado a Galán

septiembre 27, 2009 en Blog

Con frecuencia encuentro personas que me preguntan cómo sería Colombia si no hubieran asesinado a Galán.

Comprendo que tanta gente tenga la pregunta en los labios, incluso en el exterior. Galán cambió a muchos sus expectativas de vida, les sembró la esperanza de una existencia digna y un mundo mejor.

Esa ilusión se frustró con el sacrificio, pero igual muchos siguen pensando que sus vidas y el país serían diferentes si no lo hubieran asesinado, aunque no sepan precisar por qué. Lo presienten, tienen esa convicción íntima, pero inaprensible e indefinible. Mito y verdad.

A Galán no lo asesinaron porque fuera impotente, anodino, común y corriente, y porque iba a dejar las cosas como estaban. Lo mataron, porque su carrera hacia el poder era imparable y con el poder en sus manos, las cosas no seguirían siendo iguales.

Pero la gente se quedó sin saber cómo hubiera sido su existencia si Galán hubiese sido Presidente, porque lo que sobrevino después de muerto no tuvo nada qué ver ni con sus ideales, ni con sus desafíos, ni con su proyecto de nación, ni su inspiración. Con el paso del tiempo, Colombia se degradó y alejó de los valores que encarnaba Galán. Si viviera, su lucha sería hoy más difícil. Su carácter parecería aún menos funcional que ayer a la lógica del poder y a los estándares éticos de la sociedad.

La historia enseña que en Colombia el cambio está prohibido. Sólo se toleran gobernantes dispuestos a dejar las cosas del poder como las encuentran, o a mejorarlas, siempre y cuando sea en beneficio de quienes detentan el poder. El que traiga intenciones de cambio en beneficio de la democracia, es considerado peligroso y recibe desde garrote, hasta plomo.

El poder en este país se acumula cada vez más en grupos al margen de la ley, que lo conquistan y defienden a sangre y fuego. Sus causas las volvieron políticas, porque es en la política donde se juegan su suerte. Allí consolidan sus fortunas y sus privilegios, o los pierden. Se decide el castigo o la impunidad. Y en la política está el jugoso botín del erario.

Aunque ciertas piezas maestras del entramado criminal, políticos y empresarios corruptos, no manejan armas ni tienen sicarios bajo sus órdenes, saben que están protegidos por el poder de fuego de los anillos de seguridad del engranaje mafioso al que pertenecen.

A Galán lo asesinó ese entorno de personajes que iban palo arriba con sus negocios y sus carreras políticas, impulsados por los torrentes del dinero criminal. Ellos sabían que les dañaría el jolgorio sin censura en el que festinaban el poder político y económico del país ¡Y lo mataron!

Sin Galán de por medio la parranda continuó hasta el delirio del “Proceso 8000” y la “Parapolítica” de nuestros días. La mafia subió a la cumbre de la sociedad y del poder, se tomó instituciones, amansó casi todos los poderes del Estado y doblegó los modales de buena parte de la sociedad. Arrasó la ética. La Colombia de hoy está en las antípodas de la que Galán soñaba y construía con sus compatriotas y eso lo presienten las gentes. Es por lo que preguntan cómo serían sus vidas si no lo hubieran asesinado.

La manera de vivir y la manera como la sociedad se juzga a sí misma, cambió. Lo que antes eran conductas inconfesables y vergonzosas, ahora son cabales. Ese quiebre moral es el precio de la derrota que infringieron a los colombianos los que lo mataron.

La lucha a muerte contra el narcotráfico sorprendió a Galán y a sus compañeros. Se atravesó en el camino y no la eludimos. La mafia irrumpió para arrasar la incipiente democracia, cuando nos habíamos convocado para resolver otros problemas, transformar la política, superar el atraso, la pobreza, la desigualdad, la exclusión y la violencia.

Nos proponíamos modernizar las instituciones, democratizarlas, volver la política vocación de servicio en vez de nicho de negocios, hacer justicia, profundizar los compromisos sociales del Estado y de quienes son exitosos en las empresas. Cualificar los equipos políticos, civilizar los referentes del éxito, el sistema de vida y aclimatar la convivencia.

La descarga de ametralladora derrumbó esos sueños y en los corazones de los colombianos quedó el hueco de las ganas de ser y vivir de otra manera. En el imaginario colectivo ese vacío se llama Galán.

El pasado 18 de agosto, veinte años después de su muerte, nos reunimos en Medellín sus compañeros antioqueños. Las mujeres tocaron la corneta y sin repulsas llegamos a la cita por los caminos que traza de por vida la hermandad que se cultiva en la trinchera, cuando se lucha por ideales que se llevan en el alma.

Estábamos allí sólo para encontrarnos, para abrazarnos en silencio en medio de la más absoluta austeridad, después de lustros sin vernos juntos como el equipo incontenible que fuimos en el pasado. Acudimos para acompañarnos en el dolor, convocados por la solidaridad, el respeto y la admiración que sentimos hacia el jefe y el amigo que nos arrebataron. Lo hicimos con discreción, con la camaradería y la fraternidad de siempre, como buenos veteranos de luchas democráticas que llevábamos veinte años alejados. Nos arremolinamos sin dramas ni ceremonias, sin zalamerías, para decirle al capitán que allí seguíamos, a su lado, con la misma admiración y devoción por los ideales, la misma fuerza moral de siempre.

En esa reunión encontré la respuesta sobre cuál sería el país que tendríamos si no hubieran asesinado a Galán. Repasé con la mirada y la mente esos rostros y reflexioné sobre ellos. Cerca de sesenta compañeros y compañeras de excelencia que llegaron a la política con Galán, se replegaron para siempre el día de su muerte. Nunca más. En la política quedo solo yo, como soldado íngrimo que se niega a desplomarse.

Ese puñado de mujeres y hombres extraordinarios llamados por Galán para que traspasaran sin recelar la cerca que separa lo privado de lo público, a los que hizo sentirse seguros y eufóricos de entregarse al servicio de su país en los predios azarosos de la política, hacen la diferencia. Hoy son profesionales exitosos, industriales, banqueros, comerciantes, agricultores, rectores de universidades, académicos, economistas, juristas, investigadores, médicos, urbanistas y constructores, expertos en desarrollo regional y urbano, periodistas, eruditos, financistas, internacionalistas. Ningún líder colombiano ha tenido para gobernar a esta nación, grupos tan extraordinarios de patriotas como los que tenía Galán.

Aquellos eran sus compañeros antioqueños. Yo que estuve a su lado sé que en todas las regiones se repetía lo mismo. Gente estupenda, honorable, competente, iba hombro a hombro con él hacia el poder para transformar esta sociedad. Compañeros que le hablaban de tú a tú, le discutían, le aconsejaban, le controvertían, le aprendían, que construían juntos el sueño de un nuevo país fundado en la idea del progreso y la convicción de la justicia social, la convivencia y el respeto por la condición humana: Nunca más…