Columna en El Tiempo: “La mala economía mata”

septiembre 3, 2009 en El Tiempo, En los medios

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El Tiempo, Septiembre 3 de 2009
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La mala economía mata
Cuando asesinan en tantas partes a tanta gente, como ocurre en Colombia, hay inseguridad. No importa quién tira del gatillo, si el guerrillero, el ‘para’ o el sicario, el soldado o el policía.
Por donde paso, encuentro regueros de muertos. Vengo de Sincelejo, dos y tres al día. Pasé por Córdoba, más de 350 este año. En Medellín, más de 1.100 en seis meses. En Bogotá, otros tantos. En fin, los esfuerzos de seguridad son fallidos, aunque costosos.

No echaré diatribas contra este gobierno longevo y fatigado. Digo que si se miran otras opciones, se encuentran ideas mejores para salir del charco de sangre.

En frases elementales, si la economía no crece, si el país no se desarrolla, no hay nada que hacer. La masacre no parará. Si no se abren puestos de trabajo de calidad, crece la criminalidad como fuente de ingresos. Si la señorita o el señorito no encuentran empleo, se prostituyen, o se hacen a un ‘fierro’ a manera de herramienta, o se incrustan en la cadena del contrabando y el narcotráfico, o en los juegos de azar, o en la adulteración de licores, o la falsificación de billetes, o la extorsión, o el secuestro, o la estafa, o la “pirámide”, o el “gota a gota”, o jalan carros, o desocupan apartamentos, o atracan, o matan.

La economía del delito crece más que la formal, engancha más gente, les da de comer a más colombianos. La otra no crece.
La pongo así: en Medellín ya no son patriarcas los que generan riqueza y trabajo, sino los ‘don Bernas’, capos, amos y señores de la plaza. A la matriz de estas empresas le dicen la ‘oficina de Envigado’. Igual, hay muchas regadas por el país. Es la mafia.
Pero tampoco es esto lo que deseo señalar. Quiero decir que tenemos olvidado el desarrollo y que están equivocados los que piensan que son los generales y las armas los que nos darán el progreso.

Quienes anden por carretera pueden dar testimonio de lo que voy a decir desde mi condición de correcaminos. En Colombia no hay por dónde andar. Y así, la economía no puede crecer. El negocio viable es el delito, que tiene tanto margen de utilidad, que es rentable en la jungla urbana como en la rural. La economía clandestina crece y sostiene lo que va quedando de la legal, oxigena el mercado.

Agrego algo. Ya no alcanzamos a desatrasarnos con las carreteras, no hay tiempo. Debemos buscar otros caminos. Los ríos, por ejemplo, los ferrocarriles. Y desplazar el crecimiento hacia los litorales, las riberas de los ríos navegables y las fronteras. De una vez, instalar población, plataformas industriales y comerciales, infraestructura moderna en sitios desde donde podamos competir en las ligas mayores de la globalización.
Colombia no puede seguir creciendo en Bogotá y Medellín. Quedan demasiado lejos del mundo. Cuesta más llevar una tonelada de carga desde estas ciudades hasta Buenaventura, que desde ese puerto hasta Hong Kong, en las antípodas. Y así las cosas, no hay negocio honrado que aguante.

Cambiar la visión del desarrollo colombiano es reto para dirigentes audaces. El crecimiento de Bogotá, que duplicó su población en los últimos diez años y que recibe 75.000 desplazados al año, no es sostenible. Así las cosas, estas metrópolis mediterráneas, incluido su poder político, estarán cada vez más en las manos de la mafia. El grueso de los empresarios institucionales poco a poco se retirará, o quebrarán.

La obsesión por matar bandidos no debe seguir obnubilando a la sociedad. Es urgente pensar en el progreso, en crecer y en generar empleo e ingresos legítimos para la población. Recorro el país y sé que la miseria nos ahoga. Ocho millones de indigentes reconoce el Dane. Si desde la conducción de la política y la economía no se abren oportunidades de trabajo, está perdida la esperanza de alcanzar el progreso y la civilización. El gentío no se para en pelos para sobrevivir. Si las puertas del sistema no les permiten entrar, disparan, matan.