Galán Revolucionario

agosto 17, 2009 en Blog

Luis Carlos Galán y yo fuimos senadores por el Nuevo Liberalismo en el período 1986-1990. Aquí aparecemos durante una de las sesiones plenarias del Senado.

Luis Carlos Galán y yo fuimos senadores por el Nuevo Liberalismo en el período 1986-1990. Aquí aparecemos durante una de las sesiones plenarias del Senado.

Dedico este escrito
a los hijos de Galán
y a mis hijos.

Si Galán estuviera vivo, se opondría con todas sus fuerzas al actual gobierno. Los que dicen ser sus discípulos y hacen parte de la coalición uribista, serían sus enemigos políticos. La corrupción, la parapolítica, el abandono de los pobres, la violencia, la politiquería, el desprecio por los derechos humanos y por la democracia, que son los rasgos con los que el actual régimen se caracterizará ante la historia, repugnarían a la formación ética de Galán y resumen en una sola realidad de Estado, todo lo que constituyó la razón de ser de su vida y su muerte. Aquello contra lo cual luchó y por lo que fue asesinado.

A Galán lo convirtieron en imagen de altar para santificar y bendecir cualquier causa que convenga al establecimiento social y político del país. La entronización de Galán como santo del sistema y de sus personeros, es abusiva.

Galán no perteneció al régimen, al contrario, era un revolucionario, un disidente, la más clara expresión de la oposición. Sólo que para poner contra las cuerdas las instituciones, no tomó en sus manos un fusil como tantos de nuestra generación. Se armó de la palabra, la razón y la indignación. Galán fue grito insurgente.

Construí con Luis Carlos Galán la lucha por un Nuevo Liberalismo y una Nueva Colombia. No fui su seguidor, fui su compañero. No hubo ninguno de los momentos importantes de su vida pública, desde cuando nos encontramos para siempre en la segunda mitad de los años setentas hasta su muerte, en que no hubiésemos discutido y definido de común acuerdo los caminos y expresiones del desafío político.

Nuestra época universitaria fue revolucionaria en el mundo y por lo mismo en América Latina. La juventud de los sesentas puso patas arriba la autoridad, el poder, las costumbres. De allá venimos.

Todavía sangran los entresijos de la sociedad colombiana desquiciada por la protesta y la inconformidad de entonces, incapaz de transformarse para asimilar los reclamos de cambio. Muchos de los mejores líderes de nuestra generación se perdieron en los vericuetos de esta lucha, unos en la clandestinidad, otros a la luz del día.

La batahola nos envolvió a Galán, Lara y a tantos otros idealistas montados en rebeldía contra la manera de vivir y gobernar, inspirados en los criterios éticos del humanismo. En sueños y utopías de fraternidad, libertad y democracia.

Como nos conmovían el sacrificio sangriento, los estragos del garrote con que se aplastaban la protesta y la irreverencia, no nos desbocamos con los que se fueron al monte, hartos y temerarios. El desperdicio de vidas era absurdo, injusto, inútil y la pelea desigual. Brutalidad contra sueños.

Galán y sus amigos escogimos el estrecho camino de luchar por el cambio dentro de la ley. Nos opusimos de frente a las costumbres políticas, al poder, al orden social y económico, con la palabra, la razón y el coraje. Desarmados. Y así nos masacraron.

Dimos la batalla electoral y el debate desde el espacio que consideramos menos frustrante. El liberalismo. La idea y la historia liberales nos convocaron desde su origen popular, sus raíces de resistencia, su vocación reformadora y democrática. Pero como estaba minado de corrupción y oportunismo, lo desafiamos para transformarlo. Fundamos el Nuevo Liberalismo.

Recibimos ataques desde dos frentes. Los que planteaban la lucha armada nos despreciaban por ingenuos y cobardes. Y el régimen nos combatía con sus artes implacables, el fraude electoral, el silencio en los medios de comunicación, el acoso económico, el asedio laboral a las familias y a los amigos.

La represión fue violenta. De hecho Galán y Lara fueron asesinados por el régimen. Otros fueron acribillados en sitios remotos. A compañeros como Enrique Parejo y Alberto Villamizar los balearon sicarios cara a cara. Fui víctima de varias emboscadas y aparecí en listas de condenados a muerte en las que chulearon a demócratas como Héctor Abad.

Los seres humanos tomamos en la juventud decisiones para toda la vida. En nuestro caso, decidimos que nuestros hijos no iban a tener a sus padres a su lado y que vivirían en medio de privaciones, casi en la pobreza, a cambio de dedicar nuestra existencia a luchar por dejarles una sociedad libre, justa, moderna, en la que pudieran ser felices. Despreciamos la vida muelle que se servía a profesionales que aplicaban su devoción a las elites.

Fue una apuesta dura, que perdimos. A los hijos los abandonamos corporalmente siendo niños, y los sueños de regalarles felicidad a cambio de semejante sacrificio, fueron aplastados a bala.

Mientras llevamos al cementerio a los compañeros entre ríos de lágrimas de multitudes que nos dejaron solos cuando estábamos en pie de lucha, se movía sin escrúpulos el tinglado político para sepultar también los ideales. Montaron recambios para seguir engañando a la gente, explotarla y consolidar privilegios y miserias que han hecho de esta nación un infierno.

Los jóvenes de hoy deben saber que Galán no fue un burócrata. Fue un revolucionario, un guerrero. Y si quieren parecerse a él y ser consecuentes con su vida y su sacrificio, tendrán qué romper con privilegios. No dejarse amansar por el régimen cismático y adulador que despliega sus artes para arroparlos y anularlos bajo su manta manchada con la violación de los derechos humanos, la corrupción, la injusticia.

El altar con la imagen de Galán en el fondo, en el que se oficia cada aniversario la farsa del lavatorio de manos y la santificación de los oportunistas, repugna. La hipocresía, la traición, la explotación, el desprecio por lo que significa el sacrificio del demócrata integérrimo, saltan a la vista.

A Galán, al revolucionario, al demócrata, al compañero, lo saludo en su tumba de veinte años desde este erial de nación derrotada por la mafia y su tropa de políticos corruptos: ¡Por Colombia, siempre adelante, ni un paso atrás, y lo que fuere menester, sea!