Galán está en el origen de la constitución de 1991

Agosto 19, 1994 en Discursos

GALÁN ESTÁ EN EL ORIGEN DE LA CONSTITUCIÓN DEL 91

Por: Iván Marulanda
Santafé de Bogotá, Agosto 19 de 1.994

Stendhal escribió un libro de crónicas del medioevo y del renacimiento italiano con base en documentos originales que tradujo de dialectos provincianos y que estaban en papeles viejos que había rescatado poco a poco de los anticuarios de la época, cuando vivió en Civitavecchia a comienzos del siglo pasado. Advierte desde un principio que no se deben tomar en serio las historias de su cuadernillo, porque los relatos originales de aquellos tiempos eran escritos por amanuenses a sueldo de las familias ricas dominantes y de los gobernadores pueblerinos que eran títeres de la nobleza.

Se trataba según Stendhal, de escribanos aduladores que hacían parte de las comparsas de las cortes, al lado de los bufones, y cuyo oficio era inventar proezas que mostraran a sus amos como santos, como sabios y como héroes. En ese oficio de imaginarse cuentos y manipular los acontecimientos, se ganaban la vida y satisfacían su fascinación por estar en las fiestas y en los banquetes del príncipe, además de ganarse cierta confianza para merodear por los recintos palaciegos mantenerse al día de cuanta chismografía e intriga se cocinaba en los hervideros sociales y políticos. Esa era, además, una forma de vida que le permitía a aquellos pseudo intelectuales sentirse más distinguidos y de mejor clase que el vulgo al cual pertenecían. Entre más fantasiosos y zalameros eran, mejor les iba.

Esos especimenes subsisten aún en nuestros tiempos y van dejando versiones acomodaticias para tergiversar los sucesos. Por eso es indispensable la tarea de la Fundación Luis Carlos Galán en su misión de recoger la historia de nuestra época. La historia fiel. Como dicen los antioquenos, “la verdad verdadera”.

Hace poco tiempo, el 13 de Diciembre pasado, le escribí al Presidente Cesar Gaviria una carta que decía:

“Leí el libro que publicó en estos días Mauricio Vargas, quien hasta hace poco hizo parte de su circulo de colaboradores cercanos, y en la cual relata intimidades del gobierno. Es un surtidor de veneno que intenta reemplazar la historia por el chisme.

“Le han hecho mal a Usted, señor Presidente, y a otras personas de bien. No se si con la intención de satisfacer vanidades, resolver frustraciones, ganar dinero, hacer favores políticos, o todo a la vez.

“En lo que a mi toca, voy a permitirme un desahogo: lo que se dice allí acerca de Luis Carlos Galán y sus compañeros, es mentiroso e infame. El autor no vivió nuestra historia, ni la conoce.

“Después de haber visto tantas cosas en la vida, desde las más dulces hasta las más tenebrosas, lo que encarna este escritor me resulta despreciable. Lo compadezco a Usted, señor Presidente, que tuvo que soportarlo cerca, y espero que Vargas no lo sorprenda con otra mezquindad.”

Sobre la misma cuestión me hicieron también un reportaje radial.

Tres días después, el 13 de Diciembre, recibí la siguiente carta, inédita hasta hoy:

“Estimado Ivan: Sus declaraciones en relación con el proyecto político del Nuevo Liberalismo me mueven a escribirle estas líneas para expresarle mi solidaridad con su enfoque que me hubiera gustado ver multiplicado en otros distinguidos voceros del movimiento. A lo que estamos asistiendo con esta publicación es el primer intento serio de aprovechamiento electoral de la memoria de Luis Carlos. Lo que se busca, al descalificar a los militantes del Nuevo Liberalismo y distorsionar la realidad del proceso sucesoral que llevo a la Presidencia al doctor Gaviria es, nada más ni nada menos, que dejar sembrada la terrible cizaña de que lo sucedido fue mejor que lo que hubiera podido suceder si el país hubiera elegido a Luis Carlos de Presidente. Tengo la certeza de que el Presidente Gaviria no ha participado en esta siniestra operación, pero quienes, tratando de hacerle bien, han lanzado aquí en Colombia esta especie, le están causando un perjuicio inaceptable. Y está bien que alguien, como tu, que estuvo inclusive un poco más cerca de Luis Carlos de lo que Mauricio Vargas piensa que estuvo él, haga claridad sobre este punto.”

firma, Ernesto Samper Pizano

Me parece, entonces, que en ocasión del quinto aniversario de la muerte de Luis Carlos, y gracias a la convocatoria que nos hace la Fundación, tenemos oportunidad de decir nuestras propias verdades acerca de la historia de la Constitución del 91, para que no quede del todo en manos de publicistas y escribanos a sueldo.

Luis Carlos Galán no estuvo presente de carne y hueso en la Asamblea Nacional Constituyente ni en la suscripción de la Carta en Julio de 1.991. Pero su espíritu y su inspiración presidieron y rigieron todos esos eventos. Es más, su vida y su lucha están en el origen de tales acontecimientos.

Para decirlo de otra manera. Si Galán no hubiera existido, en este país no se hubiera convocado la Asamblea, ni tendríamos una nueva Constitución. Es más. Esta sociedad viviría todavía en la impostura democrática que rigió hasta 1.991. Esto es, estaríamos todavía en manos de los mismos sátrapas clientelistas que dominaban a su antojo el poder del Estado, y que no pensaban sino en sus familias y en sus amigos bajo la complicidad de normas legales hechas por ellos, a su imagen y semejanza.

Y del otro lado, si Galán no hubiera vivido para promover las transformaciones que le dejo a Colombia, este país no hubiera tenido una salida democrática. Hubiéramos quedado sin remedio en manos de la insurgencia armada y de la revolución sangrienta, como única esperanza de cambio.

De hecho, innumerables miembros de nuestra generación universitaria de los sesentas decidieron -en la desesperación que les produjo vivir en una sociedad bloqueada e injusta- lanzarse a la aventura azarosa de la guerrilla en la que casi todos perdieron la vida. Años después, centenares de jóvenes se salvaron de la guerra insurgente cuando encontraron escape a su inconformidad y a su rebeldía en la convocatoria de Luis Carlos por un Nuevo Liberalismo y una Nueva Colombia.

Es interesante hacer notar que ninguno de los actuales protagonistas políticos que pertenecen a los partidos tradicionales, empezando por los Presidentes Gaviria y Samper, se enfrentó a las estructuras de poder que quedaron atrás con la Constitución del 91. Todos hacían parte del establecimiento y si sentían inconformidad, no la manifestaron en lucha frontal contra el orden establecido. Por el contrario, se movían dentro de lo que se denominaba el “oficialismo” o se limitaban a observar la política desde afuera. Otros eran adolescentes aun, a pesar de que hablamos de pocos años atrás.

Con lo anterior deseo señalar que si Galán no hubiera levantado las banderas de la inconformidad, Colombia no habría cambiado como ha cambiado. Y además quiero decir, que los jóvenes políticos actuales disfrutan de unas instituciones democráticas que conquistaron para el país Galán y sus compañeros de lucha, así como sectores populares que hicieron resistencia civil dentro de un clima enrarecido por la violencia, y también por el escepticismo ciudadano que se expresaba en el abstencionismo y el desprecio por la política.

Aquello de haber forjado cambios profundos en esos tiempos aun recientes parece sencillo, visto desde la perspectiva de los hechos ya cumplidos. Pero los jóvenes y los nuevos políticos que deseen ser severos en la formación de su juicio histórico, deben estudiar con cuidado lo que ocurrió en Colombia en las décadas de los setentas y de los ochentas. Los historiadores tienen que ayudarnos a recopilar esa historia y a interpretarla, porque es una clave para nuestro futuro, y además para América Latina, que se acepte o no, atraviesa por una dramática crisis política.

Era duro y peligroso enfrentarse al orden establecido en este país en los tiempos de Galán. Y ni hablar de lo que era hacerlo con la palabra y la razón, cuando por todas partes se esgrimían armas y se proferían amenazas de muerte. Y se mataba. A Luis Carlos Galán lo mataron porque se oponía al orden establecido, signado por la corrupción y los privilegios. La política era un nido de corrupción en el que cabían todo tipo de fenómenos sociales tortuosos y putrefactos, como el narcotráfico por ejemplo, para no citar sino uno. La política era también excluyente, reducida y discriminatoria, negada a la participación y organizada para que pocos acapararan fortuna para sí a costa de los colombianos.

Pero no eran solo los narcotraficantes incrustados en la política los que nos perseguían a muerte. Eran también quienes representaban intereses políticos y económicos vulnerados por la causa de Galán. Todo aquello formaba una amalgama sinuosa, oscura. Los días de nuestras vidas eran de lucha, cercados de hostilidades, de peligros. De hecho, varios compañeros murieron asesinados como Galán y Lara a lo largo y ancho del país. A ellos les debemos tributo de gratitud y admiración. Otros fueron heridos, como Enrique Parejo. Muchos otros fueron perseguidos y sobreviven por suerte del azar. El cambio, pues, se hizo con sangre y con sufrimientos. La Constitución del 91 no cayó del cielo.

¿De donde proviene el tema de la reforma constitucional? Voy a darles mi versión de los acontecimientos.

Las elecciones de 1.986 para Congreso golpearon fuerte al Nuevo Liberalismo. Habíamos competido con un clientelismo liberal feroz, irritado de contera por la derrota presidencial de 1.982. Galán decidió que los resultados no nos daban pie para continuar con la candidatura presidencial.

Fue un duro golpe para el movimiento.

Decidimos entonces concentrar todos nuestros esfuerzos a preparar la legislatura de quienes habíamos resultado electos. Éramos cinco Senadores encabezados por Galán, y alrededor de nueve Representantes a la Cámara.

Trabajamos sin descanso, con la ayuda de centenares de compañeros que por todo el país nos recogían información, preparaban memorándumes sobre distintos temas que conocían en detalle, y otros que se reunían con nosotros para colaborarnos en sus especialidades. Examinamos el Estado colombiano de pies a cabeza bajo el prisma de las ideas que nos convocaban, y fuimos armando un conjunto coherente.

El plan de trabajo se basaba en la siguiente reflexión que desarrollamos con Luis Carlos después del retiro de su candidatura, cuando no teníamos los apremios de una campana electoral y disponíamos de tiempo hasta el 20 de Julio, cuando se instalaría el Congreso. Pensamos que hasta ese momento habíamos madurado un discurso que hacia relación a la generalidad del país y las instituciones, pero que aún no tenía una expresión tangible, material. Como era el país que queríamos para los colombianos, era algo que debíamos expresar con claridad y detalle en textos constitucionales y legales, y en programas de desarrollo. Pusimos manos a la obra.

Tal vez no ha habido un equipo legislativo más activo y eficaz en muchos años en el parlamento colombiano, a pesar de que era reducido en su numero. Los discursos de los presidentes del Congreso y del Presidente Barco en las clausuras de sesiones ordinarias y en distintas oportunidades, así lo reconocieron. Basta mirar los Anales del Congreso de la época.

Nos reuníamos casi todos los días, incluso innumerables fines de semana y días festivos. Tanto cuando había sesiones, como cuando el parlamento se encontraba en receso. Preparábamos proyectos de ley, proyectos de Actos Legislativos, declaraciones políticas, ponencias, exposiciones de motivos, debates. No se nos escapaba ningún acontecimiento ni dejábamos pasar una sola oportunidad para profundizar y ventilar nuestra doctrina.

Galán dirigía, orientaba y coordinaba en persona ese ejercicio político. Argumentaba, discutía, tomaba notas, escuchaba, escribía, corregía borradores, proponía. Siempre iba hombro a hombro con sus compañeros, pero trabajaba más, por sus responsabilidades y compromisos de líder; porque tenia más experiencia, más claridad, y era el inspirador de lo que hacíamos.

Pero Galán no siempre tenia la razón ni pretendía tenerla. Era un hombre firme en sus convicciones, como un roble, pero un demócrata. Y un hombre humilde en su extraordinaria
dignidad. Oía, hacia el balance y reconocía cuando era vencido en el debate. Las discusiones eran intensas y acaloradas. Además, reconocía cuando no sabia de alguna cuestión en particular, y entonces buscaba lecturas, preguntaba, oía la información y las opiniones de los demás. Al final, los resultados de ese esfuerzo se incorporaban a la doctrina y al discurso del Nuevo Liberalismo, e iban en forma de proyectos al Congreso, o de escritos, discursos, conferencias.

De paso agrego: las intervenciones publicas de Galán salían de su magín y de su pluma. Entre otras cosas, las escribía con su puno y letra. Pero después de un prolijo debate con sus compañeros. Es más, cuando las terminaba de preparar, las consultaba y complementaba con algunos de ellos.

Cuando hablo de sus compañeros, no me refiero a un circulo pequeño y cerrado de amigos. Me refiero a mucha gente en el país. Galán nunca tenia conversaciones banales ni frívolas con las personas, cosa que le parecía a alguno que otro antipática. Siempre aprovechaba el tiempo con sus interlocutores para aprender e informarse, o para verificar sus posiciones. En cualquier lugar, hasta en los más insólitos, hablaba de los asuntos de interés publico que estaban al alcance del interlocutor. De la situación de la familia, de la mujer, del joven, del anciano, del trabajador, del desempleado, del enfermo, del pequeño empresario, del comerciante, de los servicios públicos, del curso de la política local o nacional, de las obras de infraestructura en el barrio, en la vereda, de los estudios, de los niños.

De allí saltaba con naturalidad a los asuntos sofisticados de la economía, de la ciencia, de la tecnología, de las cuestiones internacionales. En fin, cualquier interlocutor era una mina de información y de opinión para Luis Carlos, y él la sabia explotar para su provecho intelectual y para el bagaje ideológico y programático del movimiento. Almacenaba esa información y la procesaba en su mente para mantener una interpretación autentica de su país, al paso que sostenía una comunicación intima y una sintonía con la gente más variada, empezando por la común y corriente.
Así, Galán hizo miles de amigos personales por todos los rincones, con quienes retomaba el hilo de sus conversaciones cada que los volvía a encontrar.

En 1.987 ya habíamos presentado buen numero de iniciativas constitucionales y legales sobre diferentes temas. Teníamos una relación estrecha con el gobierno, a pesar de que no hacíamos parte de él: actuábamos dentro de lo que Luis Carlos denominaba, siguiendo los términos italianos que había aprendido en su temporada de Embajador, “apoyo externo”. Ayudábamos, pero no estábamos en la administración.

En esa relación, seria y desinteresada, creamos lo que ha seguido llamándose la “agenda legislativa”. Era un ejercicio con el gobierno y con la bancada liberal a trabes de los miembros de las mesas directivas de las Comisiones Constitucionales de Senado y Cámara y de las plenarias, para concertar un trabajo que fuera ordenado en el Congreso y permitiera evacuar los asuntos según su importancia. Así se inicio un acercamiento constructivo del Nuevo Liberalismo con el grueso del partido, en el cual el ejecutivo hacia de intermediario.

A decir verdad, nuestros proyectos no caminaban en el parlamento. Muchos eran repartidos para ponencia en comisiones, a congresistas del establecimiento escogidos con el criterio de congelar los tramites. Y no presentaban ponencias. Cuando lográbamos pasarlos en primer debate, se ahogaban en plenarias en donde no eran colocados en lugares efectivos del orden del día. Era el sabotaje natural de una clase política resuelta a defender el “statu-quo” en el que se movía como pez en el agua. Así y todo, nosotros seguíamos para adelante con la paciencia del carbonero.

En plena legislatura de 1.987 resolvimos hacer una aproximación con el liberalismo, el conservatismo y el gobierno, para explorar la posibilidad de concertar ciertas reformas
constitucionales que considerábamos básicas. Promovimos entonces una reunión en alguna de nuestras casas, y en la que participamos Luis Carlos, Rodrigo Marín, Jaime Castro, Cesar Gaviria -que acababa de ser nombrado Ministro de Gobierno- y yo. De paso recuerdo la especie de perplejidad con que siguió Gaviria la conversación: Era un hombre entrenado en las lides económicas, pero más bien desentendido de los asuntos institucionales. Como podrá verse en adelante, Gaviria hizo una carrera de constitucionalista que no se esperaba, gracias a los apremios en que puso el Nuevo Liberalismo a la política convencional.

La reunión fue interesante, mas no arrojó demasiadas luces acerca de lo que se podía hacer hacia adelante para poner a andar una reforma de fondo. Sin embargo, este tipo de contactos y de trabajos de grupos por fuera del Congreso le daban buenos resultados al gobierno de partido, que tenia una bancada mayoritaria, anarquizada y conflictiva.

Meses después vinieron las elecciones de “mitaca”, a comienzos de 1.988. Al Nuevo Liberalismo le fue pésimo. Eran comicios hechos para que las maquinarias dieran todo su rendimiento. Se nos presento, entonces, una curiosa situación. Los prestigios de Galán y del Nuevo Liberalismo eran altos en el Congreso y ante el gobierno para el cual nos habíamos convertido en una especie de tabla de salvación, aún sin hacer parte de él. Pero perdíamos apoyo popular elección tras elección. Esto tenia una explicación política en la que no me extiendo para no salir del tema. La popularidad de Galán era inmensa, pero su movimiento no sacaba votos.

En ese momento decidimos encaminarnos hacia la unión del liberalismo. El presidente Barco no ocultaba su gratitud y su aprecio hacia Luis Carlos y hacia el movimiento en general, al que respetaba por la calidad de su trabajo y la actitud constructiva. Galán se crecía ante la clase política. Las fricciones con esta disminuían en la medida que trabajábamos cada vez en más armonía dentro del Congreso. El oficialismo reconocía que el Nuevo Liberalismo ayudaba al gobierno con una eficacia de la que el mismo, en su desorden, carecía, y veía que le daba ritmo y acierto a las tareas del parlamento.

Para nosotros resultaba más lógico caminar en ese sentido de la unidad, que gastarse en la ardua tarea de apuntalar una fuerza minoritaria en retroceso electoral. Se trataba de la posibilidad de hacerse a las mayorías del partido más poderoso del país -anarquizadas y sin rumbo-, desde una disidencia debilitada en las urnas pero con sus cuadros cohesionados, y de abrirle a Galán el camino definitivo a la presidencia. Un verdadero salto cualitativo a partir de una posición perdedora.

Tomamos entonces tres líneas simultaneas de acción. Diseñamos un programa de trabajo masivo dentro del Nuevo Liberalismo en todo el país, para redondear y consolidar el proyecto de reforma constitucional en el que veníamos avanzando desde 1.986. Iniciamos contactos con la Sociedad Económica de Amigos del País y otros sectores liberales afines a nosotros, para hacer parte de un foro nacional al que nos habían invitado como un gesto hacia la unidad del partido, y nos incorporamos a las tareas organizativas. Y tercero, aceptamos la repetitiva invitación que Barco le hacia al movimiento para ingresar al gobierno, como un paso evidente hacia la unidad, tema este que Galán empezó a explorar con el Presidente.

Una cosa era fundamental en esas decisiones cruciales de Galán y su movimiento. Como la meta era la unidad, debíamos tener claro lo que íbamos a exigir cuando se llegara el momento del desenlace final. Sabíamos que nos reclamarían la disolución del Nuevo Liberalismo o al menos la cancelación de su personería jurídica, y tal paso no estábamos dispuestos a darlo sino a cambio de acontecimientos políticos contundentes que justificaran los años de lucha que quedaban atrás, y le dieran satisfacción a nuestras conciencias políticas, arraigadas en convicciones sólidas.

Como bien se sabe, nuestras demandas fueron una reforma constitucional de fondo, la consulta popular para la selección del candidato único liberal a la presidencia, una política social y económica concertada con nosotros, y una política de paz. Todos estos puntos tuvieron posteriores desarrollos históricos, por ejemplo en el campo de la paz. Pero centrémonos solo en la cuestión Constitucional, aun cuando todas estas cosas estaban conectadas entre sí. Los analistas políticos deberán hacer esa tarea de conjunto.

El tema que nos demandaría más trabajo en su preparación era el constitucional, por su envergadura. Así que empezamos rápido y en grande, antes que se precipitaran los acontecimientos.  Nos encerramos un grupo escogido de cerca de treinta compañeros de todo el país en Villa de Leiva durante un largo puente de Abril o Mayo del 88. No dispongo de archivos a la mano para precisar la fecha. Nos distribuimos en comisiones así: desarrollo político, congreso, título tercero -derechos y garantías-, justicia, régimen de entidades territoriales, asuntos económicos.

A propósito, quiero anotar que no conozco ningún antecedente de reforma que haya buscado integrar a la Carta Política en Colombia los derechos humanos y los deberes ciudadanos. El Nuevo Liberalismo fue el primero en hacerlo, y esa intención la recogió con creces la Asamblea Constituyente. Me consta que fue una obsesión de Galán. Días después, le dedicó su discurso al tema en el Salón Elíptico del Capitolio, en la instalación del foro que realizamos con la SEAP.

En Villa de Leiva cada comisión revisó los textos pertinentes de la Constitución del 86 e hizo un debate dirigido a identificar las propuestas de cambios. Luego realizamos reuniones conjuntas para informarnos de las discusiones de los grupos y sacar conclusiones. Analizamos también la estructura global de la Carta. Y así, al final, extractamos un primer catalogo de propuestas, que solo se enunciaban, sin quedar redactadas en lenguaje técnico-jurídico. Era un bosquejo que serviría de punto de referencia para debates posteriores más amplios.

Luego de ese ejercicio básico, se convocaron asambleas regionales del Nuevo Liberalismo en ciudades estratégicas como Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Neiva, Pereira, Santafé de Bogotá. Allí conformábamos las comisiones que describí atrás, y cada militante escogía con libertad la de su predilección. Repartíamos el documento de Villa de Leiva. Lo explicábamos quienes habíamos participado en su elaboración, y se abría el debate. Fueron uno o dos días en cada lugar.

No creo que haya habido un ejercicio democrático similar en algún partido político colombiano. Participaron miles de compañeros, hombres y mujeres de todo el país, en la formulación de un proyecto político, de un proyecto de Nación. Dibujamos así la sociedad que queríamos para los colombianos.

El trabajo de Villa de Leiva se enriqueció y se potencializó con las discusiones populares. Las gentes más humildes y también los más ilustres compañeros armaron la sociedad de sus sueños, palabra por palabra, concepto sobre concepto. Y completamos en ese ejercicio febril, pero discreto, un compendio que nos interpretaba a cabalidad. Logramos un consenso. Era nuestro proyecto definitivo de reforma constitucional.

Se pusieron entonces en marcha las conversaciones de unidad liberal promovidas por Barco. Asistían el Ministro de Gobierno, Cesar Gaviria, el presidente de la Dirección Nacional Liberal, Hernando Duran, y Galán en su calidad de Director del Nuevo Liberalismo.

El primer tema que se puso sobre la mesa fue el de la reforma. El gobierno propuso cambios en unos cuantos artículos, creo que cinco. La Dirección Liberal también habló de pequeñas modificaciones, en alrededor de siete artículos. Galán saco su paquete con reformas en cerca de ciento cuarenta artículos. Después de la reunión nos contó que uno de sus contertulios expreso, con cierto asombro, que veía que la cosa iba en serio.

La ronda de discusiones que se inicio sobre el tema constitucional en esa mesa tripartita, duró cerca de ochenta horas. Se llegó al final a un primer acuerdo sobre los puntos que debía contemplar la reforma. Era algo muy similar en numero y contenidos a lo que habíamos propuesto.

Cabe recordar que cada día, después de las prolongadas sesiones, Luis Carlos se reunía con sus compañeros para evaluar lo acontecido y preparar las estrategias del día siguiente. Me figuro que igual cosa hacían sus contrapartes.

Cuando se termino el examen total y se acordó el paquete de la reforma, el gobierno quedo con la tarea de darle a los enunciados una redacción jurídica. Pasados unos pocos días, empezó a pasarnos proyectos de articulado sobre bloques de temas. No sabíamos a ciencia cierta quienes fabricaban esos textos, aunque teníamos nuestras sospechas. Eran reconocidos juristas contratados para el efecto. No uno solo, porque en el estilo se notaban manos diferentes.

Estos especialistas nos pusieron en apuros y le crearon sus dificultades al proceso. La verdad es que en los recovecos de su redacción camuflaban matices que se prestaban a confusión o que no interpretaban a nuestro juicio lo acordado, e incluso llegaban en ciertos casos a proponer asuntos diferentes a los convenidos. Parecía como si quisieran aprovecharse de la oportunidad para meter sus propias bazas. Nos tomo tiempo desentrañar las sutilezas, corregir los textos, hacer las contrapropuestas y renegociarlas en la mesa de los tres. Nosotros insistimos con vehemencia en que se debían respetar los acuerdos ya definidos, y no nos movimos de esa raya.

Así se llego por fin al proyecto de Acto Legislativo que presento el Presidente Barco en las sesiones de 1.988, con el cual se daba curso a la unión liberal. Era el proyecto del Nuevo
Liberalismo. Gaviria lo defendería como Ministro, y Duran seria el ponente en el Senado.

En 1.989, después del asesinato de Galán y cuando se tramitaba en segunda vuelta, el proyecto naufragó. Los narcotraficantes le metieron la mano en la Cámara de Representantes, y la bancada liberal del Senado prefirió hundirlo en la ultima plenaria, antes que aprobarlo con tales enmiendas. Nosotros hacíamos parte de esa bancada desde el año anterior, cuando se había pactado la unión.

En esa sesión que no se olvidará, los congresistas elegidos por el Nuevo Liberalismo dejamos una constancia de la cual extraigo un párrafo con el único fin de mostrar que las versiones que han adjudicado a uno u otro la paternidad de la Asamblea Nacional Constituyente, no pasan de ser manifestaciones delirantes de vanidad. Entre otras cosas, el equipo parlamentario de Galán, no obstante haber sido el primero en hablar, tampoco sentía que era el inventor de ese acontecimiento.

La Constituyente es hija del pueblo. Del esfuerzo y el sacrificio de millones de colombianos a lo largo de años de luchas por construir una democracia. Parece simple: Las corrientes sociales de cambio desembocaron en un callejón sin salida, y no tenían otra opción. La convocatoria a la Asamblea era la única posibilidad para una Nación atrapada en una trampa de la historia. Dentro de este proceso, la vida y la muerte de Galán desempeñaron la función de catalizadoras de los sueños renovadores, tantas veces frustrados, de varias generaciones.

El párrafo que deseo mencionar está en los Anales del Congreso, número 178, de Diciembre 14 de 1.989, pagina 6, y dice:

“Ante la imposibilidad práctica de rescatar el texto de reforma constitucional aprobado por el Senado en la presente legislatura, somos partidarios de simplificarla a la convocatoria por la vía del referéndum de una Asamblea Nacional Constituyente que redacte una nueva Carta Fundamental.”

Tiempo después, cuando se convocó la Constituyente, el gobierno de Gaviria presentó un proyecto de reforma que es hijo del que le propuso el Nuevo Liberalismo al Presidente Barco cuando aquel era Ministro de Gobierno. Basta comparar uno con otro.

La Asamblea Nacional expidió la Constitución vigente en Colombia, que también es hija de la que le propusieron Galán y sus compañeros al país en el proceso que acabo de relatar. Con solo leerlas y cotejarlas se comprueba.

Pero aún así, no creo que esa sea nuestra Constitución particular. Es la de todos los colombianos.

La que hizo la conciencia de nuestro pueblo en años de sufrimientos y de luchas populares pacificas y violentas. Nosotros estábamos del lado de esa conciencia popular. Hacíamos parte de ella. Nos habíamos impregnado de los sentimientos del común de las gentes. Esos sentimientos eran parte de nosotros mismos, y nos habían levantado en rebeldía.

La nueva Carta Política recoge lo que nuestros compatriotas ambicionaban ser como conglomerado social y como Nación desde tiempo atrás. Galán la leyó en las voces de sus compatriotas en un contacto íntimo y prolongado a lo largo de una vida. Ella es el fruto de la democracia. De la voluntad ciudadana postergada por decenios. Por fin, el martirio de Galán hizo que nuestro pueblo la pariera, con sangre, pero de una vez por todas. Bienvenida sea, y que le traiga sus frutos a Colombia.

Muchas gracias.